Puedo afirmar casi con absoluta certeza que alguna vez has dicho “se rompió el vaso”. Este pequeño detalle lingüístico, común en español y en japonés, refleja cómo es tu realidad y cambiarlo puede cambiar hasta cómo vives tu vida.
Esta
forma de hablar es un
constructo verbal que influye en cómo se recuerda la acción, minimizando la responsabilidad
de la misma porque no se indica quién la hizo. En inglés, sin embargo, están
acostumbrados a asociar una persona a las acciones, de modo que dirían “John
broke the glass”, en vez de “The glass broke (itself)”, que haría parecer a la
persona evasiva y falta de responsabilidad.
Por eso se dice que cada lenguaje es un reflejo de una cultura, y que cuando aprendemos uno nuevo, también aprendemos una forma diferente de ver la realidad.
Hace
un par de años me sorprendió cómo mi mente hizo clic cuando Jorge Salinas nos contó en su máster la importancia de tomar el control de nuestras palabras: El
vaso no se rompió, he roto el vaso sin querer.
Como
explica Lera Boroditsky en su artículo para Scientific American "How Language
Shapes Thought",
el lenguaje moldea el pensamiento, y el pensamiento nos prepara para tener
éxito (o no) en cada escenario de la vida. Forzarnos a usar un lenguaje alineado con la realidad que nos
gustaría vivir nos va a acercar más a vivirla.
Cambiar
las quejas por un plan y una acción ya tiene efecto inmediato, no sólo en cómo imaginamos
el futuro sino también en cómo nos sentimos en el presente y en cómo nos
relacionamos con los demás.
“Esto
no funciona”
👉 “Vamos a probar otra cosa”
“Se
están quejando”
👉 “¿Puedo aprovechar esa la información?”
“No
me dan oportunidades”
👉 “¿Qué habilidades necesito para tener más oportunidades”
Cada
vez que construimos una narrativa que nos ayude a salir del problema, estamos
creando oportunidades y nos estamos convirtiendo en personas más resolubles, optimistas,
amables y felices.
Pensar “No me suben el salario” es una situación cotidiana, pero pensar sólo así es como decir “se rompió el vaso”. Descargamos la responsabilidad sólo en los demás. Si reconstruimos el lenguaje y decimos “¿Qué necesito hacer para ganar más el año que viene?” ya estamos planeando, nos frotamos las manos, nos preparamos para la acción – hacer una mejora, aprender una habilidad nueva, cambiar de empresa, montar una – y tenemos un objetivo claro, una presa.
Es habitual que el lenguaje verbal de una persona sea coherente con su comportamiento. Personas con un lenguaje amable suelen ser más amables en todas las facetas de su vida: el trabajo, en casa y conduciendo un coche. Personas con un lenguaje más duro, o -para reconocernos mejor- menos amable, serán más agresivas en esos mismos escenarios. Un escenario fácil de identificar es cuando conducimos un coche y nos quejamos por cómo conduce el resto, pero es raro encontrar a alguien que se plantee salir de ese escenario. Nos gusta conducir, pero ¿nos gusta conducir protestando y a disgusto?
Si queremos
reducir el conflicto en nuestras vidas y encontrar más cooperación y, por ende,
satisfacer antes nuestras necesidades,
ayuda mucho practicar un lenguaje verbal más amable. Esto hará más amable
nuestro comportamiento en el trabajo, en nuestra familia y sí, también al volante y ojo:
la amabilidad en sí no es el objetivo final, sino un medio para mejorar la
estabilidad y la felicidad en todos los ámbitos de nuestra vida.
Y si queremos aumentar las posibilidades de éxito en cualquier situación que se nos presente, es primordial tener un lenguaje que no se centre en el problema, en la queja y en los culpables sino que visualice las posibilidades de éxito.
Prueba
este ejercicio: Identifica una frase que uses a menudo y que te limite y
reconstrúyela por una en la que tomes el control.
El
lenguaje es una herramienta. No lo uses sólo para describir la realidad, úsalo
para crear una realidad mejor.

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